Mis discos favoritos del 2015

Este será un post corto, Spotify me dijo que escuché más de 1100 artistas diferentes durante el 2015. No se como tal cosa puede ser posible, pero imagino que tendrá que ver con mi desmedido amor por la música y por escuchar sonidos nuevos que suenen todos iguales (lo digo porque los cinco géneros que más escuché llevan la palabra indie de sufijo o prefijo, sin falta).

Además de elevar al infinito y más allá mi amor por el chiptune y todo lo que tenga un sintetizador y portada de disco ochentera tipo Bladerunner-Miami-Vice, me he dedicado mucho a descubrir pop nuevo y bueno de ese que te hace mover la cabeza. Y, sin duda me pasé más horas que nada escuchando mi amada playlist de música de videojuegos completamente instrumental.

La cancioncita del Tetris como soundtrack de la vida.

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Antes de que acabe el año quiero dejar esto aquí para mi propio recuerdo y memoria, así como para cualquiera que ande buscando recomendaciones musicales de parte de un fan de los gatos y de construir casitas en Fallout 4.

Estos fueron mis discos favoritos del 2015, que salieron en el 2015. Si no pongo el limite de lanzamiento no termino la lista hoy, y pues, quiero ir a comer helado.

  1. 25 de Adele – pffft que era obvia que fue el mejor disco de la vida y del año –
  2. How Big, How Blue, How Beautiful de Florence + The Machine – el disco anterior a este fue un bodrio, en 2015 han sacado uno tan o más bueno que Lungs –
  3. Wilder Mind de Munford & Sons – en lo que la banda se hizo mainstream le salieron haters, este disco fue para mi, fenomenal –
  4. Kintsugi de Death Cab for Cutie – creo que es mi disco favorito de la banda, y eso que tienen bastantes. Lo escuché en repeat por semanas y semanas –
  5. California Nights de Best Coast – no escuchaba un disco de esta banda como desde el 2011 o 2012 cuando los conocí, este me alegró la vida –
  6. Why Make Sense de Hotchip – mi favorito hasta ahora, no siento que hacen ruido luego de escucharlo 20 veces como me pasaba con los anteriores haha –
  7. The Waterfall de My Morning Jacket – este lo escuché en la primera mitad del año, no recordaba por qué me gustó tanto hasta que lo puse de nuevo mientras escribo –
  8. 1989 de Taylor Swift – haters gonna hate, hate, hate –
  9. Smoke + Mirrors de Imagine Dragons – creí que esta bandita se iba a arruinar mucho al estilo de Fun, pero sacaron un buen disco este año, junto a unas sesiones de Spotify muy geniales-
  10. Girls in Peacetime Want to Dance de Belle & Sebastian – amor total x2 –

Spotify es mi pastor, nada me faltará.

Soy blogger

Hace unas horas estuve leyendo un artículo donde una blogger explica cómo lo que hacemos es un trabajo de verdad, y mientras me sentía muy identificada con sus palabras pensaba en lo frustrante que resulta muchas veces no solo explicarle a la gente lo qué haces, sino explicártelo a ti mismo gracias a todos los prejuicios que tienen los demás acerca de tu carrera. No es primera vez que me pasa esto, ni será la última, pero siempre es buen momento para sentarse a escribir sobre ello.

Soy blogger, no es un pasatiempo, no es algo que hago de vez en cuando, no es algo que hago para ganar algo de dinero extra, no es algo que esté haciendo mientras descubro a qué me quiero dedicar en el futuro. Es la carrera que he elegido, y aunque para algunos parezca algo demasiado “moderno” o confuso, no lo es.

A muchos no les gusta decir “soy blogger” porque les suena a poca cosa, a millenial que pasa unas horas frente a su PC en pijamas y se la pasa en Twitter opinando sobre todo. Tal vez a otros les suene más lindo decir “trabajo en medios digitales especializados” o soy “escritor independiente” o soy “periodista especializado en tecnología o loquesea“. Yo no soy periodista, no fui a la escuela de periodismo, no estudié comunicación social, aún no he tomado siquiera un taller de escritura (algo que planeo remediar el algún momento, siempre hay que aprender más de otros y mejorar en todo lo que puedas tus habilidades) a pesar de que escribo todos los días y me pagan por hacerlo.

Tampoco soñaba con ser blogger de niña, cuando era niña los bloggers ni siquiera existían. De hecho, ser blogger es la segunda cosa a la que decido dedicarme. Hace 14 años empecé la universidad, me gradué de médico cirujano, ejercí la profesión por casi tres años y un día simplemente lo dejé. Al día siguiente no decidí a qué me iba a dedicar ahora, y de qué iba a vivir, pero eventualmente lo descubrí, y es a ser blogger. Pasar de tener una profesión considerada una de las más “reales” del mundo, a vivir en la ambigüedad de no saber qué decir cuando me preguntan mi ocupación, me ha llevado a pasar los últimos dos años respondiendo que soy médico cuando la interrogante surge, es más simple que explicar mi trabajo actual al optometrista que me hace la formula de mis lentes todos los años. Y eso, a veces, es verdaderamente molesto, en especial cuando estás orgulloso de tu trabajo.

Que tu familia te diga cosas como “¿y te vas a pasar toda la vida sentada frente a esa computadora?” o que conocidos y amigos comenten cosas como “¿gana eso por estar todo el día frente a una pantalla?” roza el borde de lo intolerable. Pero, lamentablemente es lo que sucede cuando la gran mayoría de la gente no entiende lo qué es ser blogger. Así que intentaré explicar un poco de qué va mi trabajo.

¿Qué hace un blogger?

Básicamente, tener muchas ideas y escribirlas. Esas son las dos cosas más básicas y difíciles de mi trabajo. Tengo poco más de dos años trabajando en Hipertextual, pero muchos años antes de eso comencé a bloggear por hobby, luego empecé a crear blogs por mi cuenta, y por un tiempo manejé una pequeña publicación con un equipo voluntario que llegó a rondar las 30 personas. La cantidad de responsabilidades que tengo hoy son bastante más grandes de las que tenía hace dos años. Ya no solo me tengo que preocupar por lo que yo escribo, sino que gracias al esfuerzo que he hecho y la calidad de mi trabajo han confiado en mi para qué haga más cosas.

Actualmente trabajo unas siete u ocho horas al día, como “la gente normal” que sale de casa y trabaja de ocho a cinco, solo que yo lo hago desde mi casa y no tengo que bañarme ni ponerme zapatos si no quiero. Mi día laboral suele comenzar casi al final de la mañana y termina usualmente a las siete de la noche. Todos los días tengo que escribir algo, tener ideas para escribir luego, no solo para mi, sino para los que están a mi cargo, entrenar a un blogger junior y corregir a otro, coordinar qué se publica y cuándo, trabajar en equipo, ocuparme de redes sociales, mirar The Walking Dead, buscar un gif genial para la portada de mi post, estar atenta al último trailer de de la película de moda, y rogar que no me quede de pronto sin conexión a Internet.

Es un trabajo a tiempo completo, todos los días, en más de una ocasión en fines de semana. Crear contenido en Internet y mantener una audiencia fiel en un espacio tan competitivo donde literalmente cualquiera puede escribir en su propio blog es una tarea ardua. Tienes que destacarte de verdad para no perderte en el mar de publicaciones que en muchos casos hablan de lo mismo. Es un trabajo real y del que puedo vivir. Y, lo mejor de todo es que es un trabajo que amo, y quizás por eso a tanta gente le cuesta comprenderlo, esa terrible creencia de que todo el trabajo es sudor y dolor, y que los lunes hay que odiarlos.

Por qué fui a la Universidad

Cuando tenía 14 años estaba estudiando el último de escuela secundaria, por razones varias me salté un par de grados en el colegio y toda mi vida fui la más pequeña del salón. Entre la corta edad y la delirante idea que me metió en la cabeza mi familia, y cuanto profesor tuve de que era más inteligente que los demás, no se me hizo muy fácil tener amigos, especialmente de adolescente. Ahora que lo miro en retrospectiva, era bastante “normal”, la cuestión era que me aplicaba más que el promedio, sacaba mejores notas, y se me hacían fáciles algunas asignaturas que a otros les costaban más.

A veces pienso que no es que uno sea brillante, sino que la mayoría de la gente que te rodea es medio tonta, o simplemente no les da la gana de intentarlo.

A los 14 años ya me tocaba decidir que carrera debía estudiar en la Universidad. Por supuesto, si vienes con un fabuloso récord académico de la escuela, todo el mundo espera que vayas a por un título grandote y bonito que diga “ingeniero, licenciado, arquitecto, abogado, doctor, bla bla bla”. Es lo más “natural”. ¿Qué demonios sabe un niño de 14 años sobre lo que quiere ser?

Nada.

La adolescencia es como una enfermedad mental que todos sufrimos, somos increíblemente egocéntricos, estúpidos, incapaces de razonar, no tenemos sentido común, ni sentimos empatía por nadie, todo se trata sobre nosotros y nuestra microscópica visión del mundo que nos rodea. No sabemos lo que queremos ni quienes somos, y lo peor de todo es que sufrimos de un terrible delirio en el que creemos que tenemos la razón y en la que cualquier conclusión absurda a la que llegamos es la verdad definitiva sobre la vida. Es como estar drogado sin drogas. Y, a pesar de todo esto, a la sociedad le parece perfecto que cuando sufrimos ese trastorno llamado pubertad tomemos una decisión tan importante como elegir a que nos queremos dedicar por el resto de nuestras vidas.

Al mundo de un tiempo para acá le parece ideal que todos vayamos a la Universidad, nos graduemos y busquemos un trabajo al que dedicarle todo por el resto de nuestras vidas, o, hasta que califiquemos para pensión de retiro. Dichosos los que desde temprana edad saben lo que les gusta, lo que quieren hacer y no cambian de opinión nunca. Esa minúscula fracción de la población tiene una ventaja sobre los demás. El resto, bienvenidos a un mundo de hipercompetitividad donde solo los mejores, más aptos y dedicados se destacan. Si haces algo que no te gusta porque elegiste carrera durante la enfermedad mental lo vas a tener todo cuesta arriba.

La gente que ama lo que hace suele ser la que mejor hace su trabajo, tanto que parece que no trabajaran ni un día de su vida.

Yo fui a la Universidad porque era lo que se esperaba de mi, era lo que todos los demás hacían, y simplemente era muy joven como para tener idea de que hay alternativas. También es difícil tomar otro camino cuando el de una Universidad pagada por tus padres te va a ofrecer techo y comida por cuatro, cinco o seis años más.

Aunque no me arrepiento de haber ido a estudiar lo que estudié, y considero que aprendí mucho sobre la vida gracias a la Universidad (no las clases, sino las experiencias), me hubiese gustado haber elegido algo que me generara más satisfacción, o al menos que me hiciese un poquito más feliz. Para el momento en el que me di cuenta que quizás no me gustaba la carrera que había elegido, ya estaba solo a dos años de graduarme y las opciones parecían ser simplemente seguir en mi miseria y terminar la carrera, o abandonarla y enfrentarme a un pánico terrible “¿qué voy a hacer con mi vida entonces?”

Durante poco más de medio año estuve en un estado de estancamiento bastante severo, casi abandono todo, y perdí un semestre intentando recomponerme. Fue la creciente necesidad de independencia económica que tenía, lo que me hizo terminar una carrera por la que no sentía ni amor ni pasión. Solo ejercí por tres años, y los tres años fui absolutamente miserable. Trabajar solo por el sueldo es una de las peores desgracias de la sociedad moderna, sonará melodramático, pero es entregar tu alma a cambio de un cheque.

Por suerte, y gracias en gran parte a que conseguí a alguien que me apoyara en mis decisiones y que entendiese -incluso mejor que yo- el daño que me estaba haciendo dedicarme a algo que apenas soportaba, pude tomar la nada sencilla decisión de abandonar algo a lo que le había dedicado ya 11 años de mi vida, y empezar de cero sin tener idea de a donde iría. Ahora soy una de esas malditas personas que aman lo que hacen y viven felices de ese lado de sus vidas. Porque Lo único que hay que tomar en esta vida para ser feliz, son decisiones.

Por qué escribo

En 2014 escribí más de 500 posts para todos los blogs donde trabajo. De todos esos ni el 10% eran noticias, y el promedio de palabras ronda las 700. El tipo de posts más sencillos de escribir son las noticias, porque solo tienes que limitarte a reportar lo que pasó, lo que se dijó, lo que anunciaron, etc. Aunque muchos intentan darle un toque personal a las noticias con algo de análisis u opinión, no es algo que una noticia requiera dentro de la noticia misma.

No me gusta escribir noticias porque no creo apropiado meter tus opiniones cuando reportas un hecho, y no me gusta no escribir mis opiniones en todo lo que escribo. Cuando algo me entusiasma necesito decir lo genial qué es, y cuando algo me molesta necesito quejarme al menos un poco. Pero, mi principal motivación para escribir siempre ha sido la necesidad de compartir lo que aprendo.

Fue así como me convertí en blogger, y como lo seguiré siendo toda la vida, trabaje o no en los medios digitales.

Mi primer contacto con Internet fue a los 14 años, pero no tuve mi propia computadora en casa hasta los 19. Por 5 años recorrí todos los cyber cafés de mi ciudad para saciar el hambre de entretenimiento e información que nada ni nadie alimenta tan bien como la gloriosa web.

En 2008 abrí mi primer blog personal, uno de esos para escribir estupideces de adolescentes que crecen tarde. A los meses le abrí un hermano gemelo, al año abrí otro de cuentos en colaboración con varias personas. Al siguiente de eso, cuando estaba por graduarme de la universidad abrí otro por el que muchos me conocen: artescritorio. Fue un proyecto divertido que construí con mi pareja y que terminamos vendiendo por no ser rentable y no tener tiempo para ocuparnos de él. Pero que me enseñó mucho del medio, y lo difícil que es monetizar un sitio de tecnología con un nicho tan pequeñito como los amantes de la personalización de escritorios (¿qué es eso?).

Artescritorio no me hizo rica ni famosa, pero si me hizo aprender muchas cosas. Y, la verdadera razón por la que se creó en un principio fue realmente exitosa al menos frente a mis ojos: enseñar y compartir.

Mucha gente me pregunta que de dónde saco la inspiración para escribir tantas cosas. La respuesta es muy sencilla, no es la gran cosa realmente, no escribo novelas, no necesito camiones de imaginación, escribo artículos sobre las cosas que me gustan, las cosas que he aprendido, y las cosas que descubro. Ayuda mucho que Internet es una fuente infinita de ideas.

Escribir sobre las geniales ideas de los demás es la mejor manera de hacer que todos crean que tienes ideas geniales para escribir.

No se me acaban las ideas para escribir artículos porque no dejo de aprender cosas nuevas todos los días, así sean tonterías como una extensión para Chrome que hace los botones más bonitos. No se me acaban los temas de los que escribir, porque se me acabarían los temas de los que hablar. La mayoría de la gente tiene muchas ideas en la cabeza todo el tiempo, o algo que contarle a los amigos o a la familia cuando llegan a casa del trabajo, pero casi nadie va y las escribe en un blog. Eso es lo que muchos bloggers hacen. Ayuda tener cierta capacidad para saber cuáles cosas valen la pena escribir y cuáles no, o tener cierta experiencia que te diga qué cosas le van a interesar tanto al público como a ti. Eso solo te lo da muchos años escribiendo y observando las reacciones a lo que publicas, pero no es magia ni un superpoder.

Escribir es muy terapéutico, trátese de lo que sea. Me gusta dejar las cosas por escrito, porque perduran más que mi lamentable memoria. Más de una vez me he visto buscando cosas que he escrito para recordar como hacer algo. Y, esa es una de mis motivaciones favoritas para escribir, compartir lo que he aprendido con otros, y recordar lo que se me olvida cuando pasan los años. Ayudar a cualquiera a resolver un problema con algo que escribí me da una gran satisfacción, de ahí que la mitad de mis posts empiecen por un “cómo”.

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