Por qué fui a la Universidad

Cuando tenía 14 años estaba estudiando el último de escuela secundaria, por razones varias me salté un par de grados en el colegio y toda mi vida fui la más pequeña del salón. Entre la corta edad y la delirante idea que me metió en la cabeza mi familia, y cuanto profesor tuve de que era más inteligente que los demás, no se me hizo muy fácil tener amigos, especialmente de adolescente. Ahora que lo miro en retrospectiva, era bastante “normal”, la cuestión era que me aplicaba más que el promedio, sacaba mejores notas, y se me hacían fáciles algunas asignaturas que a otros les costaban más.

A veces pienso que no es que uno sea brillante, sino que la mayoría de la gente que te rodea es medio tonta, o simplemente no les da la gana de intentarlo.

A los 14 años ya me tocaba decidir que carrera debía estudiar en la Universidad. Por supuesto, si vienes con un fabuloso récord académico de la escuela, todo el mundo espera que vayas a por un título grandote y bonito que diga “ingeniero, licenciado, arquitecto, abogado, doctor, bla bla bla”. Es lo más “natural”. ¿Qué demonios sabe un niño de 14 años sobre lo que quiere ser?

Nada.

La adolescencia es como una enfermedad mental que todos sufrimos, somos increíblemente egocéntricos, estúpidos, incapaces de razonar, no tenemos sentido común, ni sentimos empatía por nadie, todo se trata sobre nosotros y nuestra microscópica visión del mundo que nos rodea. No sabemos lo que queremos ni quienes somos, y lo peor de todo es que sufrimos de un terrible delirio en el que creemos que tenemos la razón y en la que cualquier conclusión absurda a la que llegamos es la verdad definitiva sobre la vida. Es como estar drogado sin drogas. Y, a pesar de todo esto, a la sociedad le parece perfecto que cuando sufrimos ese trastorno llamado pubertad tomemos una decisión tan importante como elegir a que nos queremos dedicar por el resto de nuestras vidas.

Al mundo de un tiempo para acá le parece ideal que todos vayamos a la Universidad, nos graduemos y busquemos un trabajo al que dedicarle todo por el resto de nuestras vidas, o, hasta que califiquemos para pensión de retiro. Dichosos los que desde temprana edad saben lo que les gusta, lo que quieren hacer y no cambian de opinión nunca. Esa minúscula fracción de la población tiene una ventaja sobre los demás. El resto, bienvenidos a un mundo de hipercompetitividad donde solo los mejores, más aptos y dedicados se destacan. Si haces algo que no te gusta porque elegiste carrera durante la enfermedad mental lo vas a tener todo cuesta arriba.

La gente que ama lo que hace suele ser la que mejor hace su trabajo, tanto que parece que no trabajaran ni un día de su vida.

Yo fui a la Universidad porque era lo que se esperaba de mi, era lo que todos los demás hacían, y simplemente era muy joven como para tener idea de que hay alternativas. También es difícil tomar otro camino cuando el de una Universidad pagada por tus padres te va a ofrecer techo y comida por cuatro, cinco o seis años más.

Aunque no me arrepiento de haber ido a estudiar lo que estudié, y considero que aprendí mucho sobre la vida gracias a la Universidad (no las clases, sino las experiencias), me hubiese gustado haber elegido algo que me generara más satisfacción, o al menos que me hiciese un poquito más feliz. Para el momento en el que me di cuenta que quizás no me gustaba la carrera que había elegido, ya estaba solo a dos años de graduarme y las opciones parecían ser simplemente seguir en mi miseria y terminar la carrera, o abandonarla y enfrentarme a un pánico terrible “¿qué voy a hacer con mi vida entonces?”

Durante poco más de medio año estuve en un estado de estancamiento bastante severo, casi abandono todo, y perdí un semestre intentando recomponerme. Fue la creciente necesidad de independencia económica que tenía, lo que me hizo terminar una carrera por la que no sentía ni amor ni pasión. Solo ejercí por tres años, y los tres años fui absolutamente miserable. Trabajar solo por el sueldo es una de las peores desgracias de la sociedad moderna, sonará melodramático, pero es entregar tu alma a cambio de un cheque.

Por suerte, y gracias en gran parte a que conseguí a alguien que me apoyara en mis decisiones y que entendiese -incluso mejor que yo- el daño que me estaba haciendo dedicarme a algo que apenas soportaba, pude tomar la nada sencilla decisión de abandonar algo a lo que le había dedicado ya 11 años de mi vida, y empezar de cero sin tener idea de a donde iría. Ahora soy una de esas malditas personas que aman lo que hacen y viven felices de ese lado de sus vidas. Porque Lo único que hay que tomar en esta vida para ser feliz, son decisiones.

Comments

  1. Geopelia

    Gracias por el post, me parece una decisión bien valiente; tanto por los años que invertiste como por dedicarte a otra cosa a pesar de la incertidumbre. Dar ese paso no es algo que cualquiera se atreva hacer, y me incluyo.
    ¡Saludos y exito!

  2. Juan Lojo

    Eres de lo mejor q se puede leer en internet de verdad no eres como los demas y gracias por haberlo aprovechado y compartirlo con los demás da gusto leerte no te mereces ni las mas mínima critica

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